El Joker

El Joker

Un personaje que se remonta a Victor Hugo. Y su imagen, tal como la conocemos desde hace océanos de años, se la debemos a la genialidad de Conrad Veidt.

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It’s strange what love does

Aunque lo que voy a decir parezca una boutade, ver una película de David Lynch me devuelve a la vida. Anoche vi en Filmin Inland Empire, y a medida que pasaban las tres horas que dura me iban entrando más y más ganas de hacer cosas. De salir de copas, de cantar en la calle, de cambiarme el color del pelo, de tener una aventura. Lynch rompe la monotonía de nuestra existencia y nos inyecta ilusión en vena, igual que a ese grupo de chicas que parecen vivir encerradas esperando a Godot y que, de repente, se ponen a bailar The Locomotion como si fueran las reinas de la pista de baile en una discoteca de pueblo.

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La inquietud glam y el extrañamiento chic de Lynch transmiten emociones de alto voltaje, que perduran. Eso es, como mínimo, lo que el cine de verdad debería provocarnos, una premisa que ya rara vez cumple. Decía un cantautor bastante plasta: “Yo quiero ser una chica Almodóvar…”. Pffffffff. Yo lo que quiero ser es una chica Lynch, dónde va a parar.

Panties azul bebé

Hace tiempo que busco un imposible por las tiendas de lencería: unos panties en color azul claro, lo que los ingleses llaman powder blue, y en amarillo de Nápoles pálido. Las dependientas suelen mirarme con cara rara (yo les pregunto si tienen medias de color azul o amarillo  “clarito”, no soy ninguna impertinente), aprietan los labios y niegan meneando la cabeza con expresión fatalista.Amarillo de Nápoles

Si llega el día en que las medias de colores neutros y pálidos se conviertan en tendencia, ya nos enteraremos de dónde se pueden encontrar, de momento las dejaré para el reino de la fantasía. Pero ya que me he puesto a hablar de panties, he recordado los que diseñan las chicas de Les Queues de Sardines, que me descubrió mi compañera de trabajo Carmen, que las conoce y me regaló un par por mi cumpleaños: de mujer intergaláctica, negras estampadas con relámpagos plateados. Las medias de Les Queues son auténticas medias de autor, totalmente diferentes a nada de lo que hayáis visto por ahí en grandes almacenes o mercerías, con unos diseños tan imaginativos que convertirán vuestras piernas en el centro de atención en cualquier situación. De eso puedo dar fe, porque el día que estrené mis panties de Les Queues me di cuenta de que en el Metro algunas mujeres se quedaban mirando mis piernas.

Les Queues

Y es que son verdaderas obras de arte de la lingerie, como las de la última colección, con diseños orgánicos y selváticos, como el exuberante ejemplo de la foto, fondo blanco con bromeliaceae que parecen brotar de los tobillos, o un modelo de una temporada pasada que me encanta por inquietante y surrealista: Fourmis, panties transparentes estampados con hormigas que suben por tus pantorrillas y no te pican.

Queues de Sardine fourmis

Otra cosa que me gusta mucho de Les Queues es que las modelos que lucen sus medias son chicas del planeta Tierra. Desde este rincón de la galaxia seguimos suplicando a las instancias superiores que nos dominan para que las mujeres que aparezcan luciendo lo que sea y donde sea tengan proporciones humanas. ¡Gracias!

El pianista virtuoso

Cuando tenía treinta y tantos años me entró la ridícula ventolera de querer aprender a tocar el piano. Como entonces trabajaba en casa corrigiendo novelas y ganaba el triple de lo que gano ahora, me compré un piano para asegurarme de que me lo tomaba en serio. Y no fue un piano cualquiera, sino un Grotrian-Steinweg de sonoridad espectacular, tan buena y brillante que, a pesar de ser vertical, muchas personas que sabían de lo que hablaban me aseguraron que le daba varias vueltas al mejor piano de media cola japonés. Talentos de los alemanes. Aunque el pelota de mi profesor, todo un personaje que un día me confesó muy ufano que gastaba peluca, augurara que en pocos meses estaría

Mi piano

tocando fugas de Bach, yo no hacía ningún progreso, y por eso invitaba a casa a cualquiera que supiese tocar de oído o que hubiese estudiado algunos años de Piano. Lo que fuese con tal de que se aprovechase aquel maravilloso instrumento que aún conservo cubierto de pelos de gato y que cada noche espero que algún fantasma se decida a tocar. En aquellos tiempos en los que podía permitirme que un profesor particular me diese lecciones de piano en casa, también tenía tiempo para ir a clases de ruso. Oh là là. Una de mis compañeras, Ana, era hija de una rusa que fue profesora de Violín en el Conservatorio de Moscú a la que su marido prohibió que hablase en ruso a sus hijos, de ahí que mi amiga tuviese que estudiar su lengua materna. De niña Ana no aprendió mucho ruso, pero hacía dictados musicales mientras se tomaba el Nesquik antes de ir al colegio, había estudiado hasta 5º de Piano y me hizó muy feliz aprovechándose de mi piano unas cuantas veladas. Gracias a ella supe quién es Moritz Moszkowski y que sus 12 estudios de virtuosismo, Opus 72, “Per aspera”, eran obligatorios en los dos últimos cursos de la carrera.  También me pasó un audio con el Estudio nº 2 en una versión fabulosa y, desgraciadamente, anónima, por lo que no puedo enlazarla aquí.

Moritz Moszkowski

Para compensar, he encontrado este vídeo de sabor retro con una interpretación del Estudio nº 6. El jovencito virtuoso que toca el estudio es Nelson Freire, discípulo lejano de Liszt, otro pianista tan virtuoso como vehemente  que a veces rompía las cuerdas del piano en los conciertos. En cuanto a mi Steinweg, he pensado en afinarlo y ofrecerlo a estudiantes para que practiquen los fines de semana. Eso sí, como ya tengo una edad y no demasiada paciencia, les exigiría cierto grado de virtuosismo.

Dibujitos

La delicada ingenuidad y la inteligencia danzarina de las ilustraciones del canadiense Marc Johns resultan tan fascinantes que muchas personas deciden tatuarse sus dibujitos y dejarlos para siempre en su piel. Hasta ese punto dan buen rollo.

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Los que no estamos seguros de querer que un dibujito de Marc Johns, por bonito que sea, se quede para siempre impreso en nuestra piel tenemos, afortunadamente, las calcomanías de Tattly con algunas de sus creaciones. Mi favorito, no solo de Johns sino de todo el catálogo de Tattly, es el conejo que fuma en pipa y del que ya he hablado alguna vez refiriéndome a él como la representación del marido perfecto.

Imagen El verano pasado me puse esta adorable calcomanía en la espalda, debajo del hombro, y en el Metro llamó la atención de algunos pasajeros: ¡un conejo tan formal y fumador no es una cosa que se vea todos los días! Y aunque siempre renegué del verano, ahora que me hago mayor estoy deseando que llegue el buen tiempo para que me duelan menos los huesos…, y para sacar de su cajón a mi amigo el conejo, salido de las cuidadosas manos y el soñador coco de Marc Johns, ponérmelo en el hombro y que pueda darle un poco el sol a él también.

Banda sonora para una invasión

Cuando escucho el Revolucionario de Chopin me entran ganas de invadir Alemania. Y aunque en esta interpretación de Sviatoslav Richter sea un ruso quien ataque el teclado, la violenta belleza de este estudio para piano me acerca a la lejana Polonia, y la rabia me hace apretar los puños al recordar las injusticias que ha tenido que sufrir, violada una y otra vez a lo largo de la historia por sus vecinos del mapa.

Polska

Durante la invasión nazi de Polonia en el otoño de 1939, la radio emitía las polonesas de Fryderyk Chopin para manifestar la unidad nacional del pueblo polaco y su sentido de la libertad frente al invasor. Más tarde, cuando los alemanes ya profanaban el suelo de Polonia con sus campos de la muerte, prohibieron que las obras del compositor se interpretaran en público. Y cuenta la leyenda que lo último que pudo oírse en la radio libre polaca antes de que el país cayese bajo la bota de los nazis fue precisamente el Estudio nº 12 del Opus 10, Revolucionario, que Richter, a pesar de ser ruso, toca magistralmente en esta grabación.

Pieds de porc à la mode de Caen

Frenesí es una película de Hitchcock que no me entusiasma. Aunque debería aclarar que lo que no me entusiasma es su trama principal, porque en Frenesí se desarrolla una elaborada subtrama, protagonizada por el inspector de Scotland Yard que investiga los crímenes del Asesino de la Corbata, que me encanta. La tragedia (porque es una tragedia) del inspector Oxford no por ridícula resulta menos terrible, y consiste en que su esposa practica la haute cuisine francesa en su domicilio londinense con total impunidad.

Pieds du porc à la mode de Caen

Igual que en la canción de Vainica Doble, siempre que vuelve a casa, este hombre pilla a su mujer en la cocina con las manos en la masa, cometiendo crímenes tan horrendos como los que él trata de resolver empleando toda su astucia. A la hora de sentarse a la mesa, cansado y, sobre todo, hambriento, el inspector espera con abnegación a que ella recite con acento afectado el pomposo título francés del plato que le pone delante: soupe de poison, caille aux raisins o unos insuperables pieds de porc à la mode de Caen. Y después, nada. El pobrecillo no tendrá a qué hincarle el diente, enfrentándose a cabezas de pescado que flotan en un caldo de aspecto poco reconfortante, a ternillas y a sospechosas salsas que no calman su hambre, que, ¿para qué negarlo?, le llenan de franca repugnancia.

El desayuno del inspector Oxford

Como quien no quiere la cosa, Hitchcock nos presenta a la mañana siguiente de una de esas cenas a Oxford devorando un desayuno rebosante de colesterol, vulgaridad y alegría que a su esposa le haría poner el grito en el cielo. Con esta tragicómica historieta que asoma por debajo de la película, el malvado Hitchcock se ríe en el mismo lote de los franceses y sus cursis refinamientos, chocantes para el espíritu educado en el common sense, y de las miserias y las asfixias de la vida burguesa, que él mismo sufriría (y ¿quién no?) en sus carnes tan abundantes como llenas de genialidad.