‘Eli, ‘Eli, lĕma’ šĕbaqtani

El primer golpe de los muchos que recibes al leer Night, de Elie Wiesel, es enterarte de que Eliezer fue un adolescente muy devoto: de día estudiaba el Talmud y de noche, a escondidas de su padre, la Cábala. Pero su Dios fue asesinado en el momento en que puso sus pies en Auschwitz. François Mauriac escribe en su prefacio al libro que la afirmación de Nietzsche (Dios ha muerto) se articula casi en una realidad física para Wiesel. Tal vez esa fulminante muerte de su Dios salvó la vida a Wiesel, pues de acuerdo con muchos testimonios de supervivientes de la Shoah, los judíos más religiosos encontraban repugnante su existencia en los campos, suicidándose a las pocas horas de llegar o dejándose morir: “I was no longer able to lament. On the contrary, I felt very strong. I was the accuser, God the accused”.  Así como es imposible habitar racionalmente en un universo privado de racionalidad, en un mundo abandonado por Dios solo es posible vivir sin Dios.

Elie Wiesel

Por mucho que se lea sobre la Shoah es muy difícil llegar a conclusiones, encontrar explicaciones. Tal vez el acoso, los crímenes y torturas, los guetos, los campos, el exterminio, el expolio, las víctimas…, cada una de las secuencias que componen la catástrofe, pertenezcan a otro universo, estén en otra dimensión, en otro plano de existencia separado del mundo ordinario. Wiesel menciona la necesidad de un lenguaje nuevo para poder expresar lo que vivió. Es natural, nuestro lenguaje no sirve. Experimento algo parecido cuando trato de imaginar desde ésta cómo sería una vida más allá de ella. Me resulta un lugar impensable, inimaginable, nada humano ni terrenal sirve para construir una analogía que siquiera me oriente . Incognoscible, inaprensible, absurdo. Como un lugar donde los hombres se ven obligados a entonar un kadish para sí mismos.

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Motivos legítimos para dar la lata

Beate Klarsfeld representa algunas de las pocas cosas buenas que admito que ha logrado nuestra especie. Conocida cazadora de nazis, el gesto más mediatizado de Klarsfeld fue cuando, sin cortarse un pelo, le propinó una bofetada al entonces canciller alemán Kurt Georg Kiesinger durante el Parteitag de la CDU (Unión Demócrata Cristiana de Alemania) que se celebraba en Berlín el 7 de noviembre de 1968. Después del guantazo, le llamó nazi a la cara, en nombre de los 50 millones de muertos de la II Guerra Mundial.

Beate KlarsfeldPero la torta a Kiesinger no es más que un gesto pequeño que alcanzó una lógica notoriedad, porque a lo largo de toda su vida, Beate se ha dedicado a perseguir a todos aquellos que participaron de forma directa o indirecta en la Shoa y que escaparon o, sencillamente, nadie se ocupó de juzgar y punir por sus crímenes tras finalizar la guerra. Para denunciar a los culpables, en muchas ocasiones no le quedaba más remedio que practicar el  escrache. En el documental de 2007 La persecución de los nazis, dirigido por Isabelle Clarke y Daniel Costelle, podemos ver a Beate, junto a su marido Serge y a otros activistas, seguir por las calles y plantarse ante las residencias de personajes como Kurt Lischka, jefe de la Gestapo en la Francia ocupada, que tras la guerra llevó una apacible vida como próspero hombre de negocios, o Herbert Hagen, responsable de la deportación de judíos desde Francia y que había sido amnistiado en 1955. En ambos casos, y en otros, las acciones de los Klarsfeld consiguieron su objetivo: estos criminales contra la humanidad fueron juzgados y condenados. No sé qué vocecita interna (puede que irracional) me dice que pocas, muy pocas veces sí hay buenos motivos para acosar públicamente a los presuntos culpables de determinados delitos.

Macabeos en Treblinka

Richard Glazar fue un milagro andante que sobrevivió a Treblinka, uno de los campos que, junto a Sobibór y Bełzec (dos supervivientes), y dentro de la Operation Reinhard, se dedicaron en exclusiva a la industria de la muerte en los territorios ocupados por los nazis al este de Polonia. Himmler decidió liquidar esos campos en marzo de 1943, una vez que su objetivo se hubo cumplido: aniquilar a casi todos los judíos del Generalgouvernement polaco. Treblinka se desmanteló entre septiembre y octubre de ese año, pero antes, en agosto, hubo una revuelta en la que un puñado de prisioneros, entre ellos Glazar, logró escapar del destino que aguardaba a los que trabajaban allí: un tiro en la nuca al borde de una fosa en el temido Lazarett. Glazar da su testimonio en la monumental Shoah, el documental de Claude Lanzmann sobre el exterminio de los judíos europeos
(en el corte 42 de los 59 en los que se dividen las nueve horas y media que dura, y que pueden verse en DocumentaryHeaven).

Ver hablar a Glazar, aún joven, impresiona. Impresiona su pausado alemán de erres marcadas mientras cuenta cómo la conciencia de lo que estaban viviendo se hizo clara cuando llegaron los transportes de Grecia y de los Balcanes: 24.000 judíos de Salónica, de Bulgaria, de Macedonia, hombres hermosos, fuertes y bien alimentados, “prächtige Leute”. Cuenta Glazar que su compañero David Bratt le susurró mientras miraban maravillados a los recién llegados desde su barraca:“Makkabäer! Jetzt sind nach Treblinka Makkabäer angekommen!” (¡Macabeos! ¡Los macabeos han llegado a Treblinka!). Frente a la espeluznante contradicción de ver a aquellas personas llenas de vida caminar con paso firme y por su propio pie hacia la cámara de gas, Glazar también sintió que esos luchadores encarnaban la última esperanza de hacer realidad su proyecto: huir del reino en el que Malach-ha-Mawis, el ángel de la muerte, lo dominaba todo.