Cantautores como Hoagy

Los cantautores me revuelven las tripas. Su música es muy buena, no suena a nada, y sus letras suelen ser una oda a su ego que no le interesa ni a su portera. Aunque hay raras excepciones. Hoagy Carmichael es una de ellas. Este señor era un fuera de serie que escribía canciones fabulosas en las que no hablaba de sí mismo y se acompañaba de un piano rebasando con amplia ventaja el límite armónico de los tres acordes. Conozco a Carmichael por sus apariciones en Tener o no tener, que no considero exactamente una película, porque la dirigió Howard Hawks, la historia se basaba en una novela de Hemingway, el guión era de William Faulkner y Humphrey Bogart y Lauren Bacall se hicieron novios rodándola. Yo no sabría decir lo que es, pero desde luego NO es una película.

ImagenEn medio del efecto narcótico que producen los diálogos pluscuamperfectos de Tener y no tener, y de ese repertorio de actitudes que se han convertido en arquetipos cinematográficos, el siempre humilde Hoagy toca sus cancioncillas.  Algunas veces canta él y otras hace que canta Lauren Bacall. Lauren Bacall no cantaba ni en esta película que no es tal ni en El sueño eterno. A la felina Lauren en sus momentos musicales la doblaba, para que no se perdiera la continuidad con su aterciopelada voz de contralto, un cantante jovencito llamado Andy Williams. Lo que interpretaba Hoagy Carmichael y que me dejó turulata la primera vez que lo oí y para siempre es el Hong Kong Blues, un tema nada fácil de cantar, y que un Hoagy descarado y burlón toca como nadie. Por cierto, en la versión cinematográfica la letra dice que es el sweet lucum lo que no deja volver al protagonista de la canción desde Hong Kong a San Francisco, algo bastante improbable. En la versión original, no sometida a censura, es el sweet opium lo que mantiene al pobre desgraciado atado lejos de su hogar. Eso ya nos lo creemos más.

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It’s strange what love does

Aunque lo que voy a decir parezca una boutade, ver una película de David Lynch me devuelve a la vida. Anoche vi en Filmin Inland Empire, y a medida que pasaban las tres horas que dura me iban entrando más y más ganas de hacer cosas. De salir de copas, de cantar en la calle, de cambiarme el color del pelo, de tener una aventura. Lynch rompe la monotonía de nuestra existencia y nos inyecta ilusión en vena, igual que a ese grupo de chicas que parecen vivir encerradas esperando a Godot y que, de repente, se ponen a bailar The Locomotion como si fueran las reinas de la pista de baile en una discoteca de pueblo.

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La inquietud glam y el extrañamiento chic de Lynch transmiten emociones de alto voltaje, que perduran. Eso es, como mínimo, lo que el cine de verdad debería provocarnos, una premisa que ya rara vez cumple. Decía un cantautor bastante plasta: “Yo quiero ser una chica Almodóvar…”. Pffffffff. Yo lo que quiero ser es una chica Lynch, dónde va a parar.

Pieds de porc à la mode de Caen

Frenesí es una película de Hitchcock que no me entusiasma. Aunque debería aclarar que lo que no me entusiasma es su trama principal, porque en Frenesí se desarrolla una elaborada subtrama, protagonizada por el inspector de Scotland Yard que investiga los crímenes del Asesino de la Corbata, que me encanta. La tragedia (porque es una tragedia) del inspector Oxford no por ridícula resulta menos terrible, y consiste en que su esposa practica la haute cuisine francesa en su domicilio londinense con total impunidad.

Pieds du porc à la mode de Caen

Igual que en la canción de Vainica Doble, siempre que vuelve a casa, este hombre pilla a su mujer en la cocina con las manos en la masa, cometiendo crímenes tan horrendos como los que él trata de resolver empleando toda su astucia. A la hora de sentarse a la mesa, cansado y, sobre todo, hambriento, el inspector espera con abnegación a que ella recite con acento afectado el pomposo título francés del plato que le pone delante: soupe de poison, caille aux raisins o unos insuperables pieds de porc à la mode de Caen. Y después, nada. El pobrecillo no tendrá a qué hincarle el diente, enfrentándose a cabezas de pescado que flotan en un caldo de aspecto poco reconfortante, a ternillas y a sospechosas salsas que no calman su hambre, que, ¿para qué negarlo?, le llenan de franca repugnancia.

El desayuno del inspector Oxford

Como quien no quiere la cosa, Hitchcock nos presenta a la mañana siguiente de una de esas cenas a Oxford devorando un desayuno rebosante de colesterol, vulgaridad y alegría que a su esposa le haría poner el grito en el cielo. Con esta tragicómica historieta que asoma por debajo de la película, el malvado Hitchcock se ríe en el mismo lote de los franceses y sus cursis refinamientos, chocantes para el espíritu educado en el common sense, y de las miserias y las asfixias de la vida burguesa, que él mismo sufriría (y ¿quién no?) en sus carnes tan abundantes como llenas de genialidad.

Cine no apto para depresivos

Creí que ya estaba preparada para ver una película como Plan diabólico (Seconds) de John Frankenheimer.
Y eso que me dieron varios berrinches cuando volví a ver hace pocas semanas su película más conocida, El hombre de Alcatraz, que tanto me gustó la primera vez que vi, por lo tremendamente emotiva que resulta en casi cada uno de sus fotogramas. Creí que ya estaba preparada, pero me equivoqué. Pasé una noche de órdago de mala, llena de pesadillas, de la que desperté asfixiada por la angustia.

Pero los que estén equilibrados emocionalmente y les guste el cine de social fiction y horror arriesgado disfrutarán esta película del año 1966 de otra manera, por todos o por alguno de los distintos elementos que se conjugan en ella: el enfoque paranoico de la cámara, su espíritu libertario, insólito en el cine americano de ese tiempo, la crítica abierta al sistema, un sistema que ya entonces hacía aguas por todas partes, la interpretación de Rock Hudson, en las antípodas de las ñoñas cintas que solía rodar… Por cierto, y por mencionarlo solo de pasada, me dio la sensación de que Amenábar chupó del profundo frasco de Plan diabólico para construir el guión de Abre los ojos…

Irremediablemente francés

Cuando Charles Trenet murió en 2001, Gilbert Bécaud declaró que si no hubiese sido por él todos los chanteurs franceses habrían sido oficinistas. Yo creo que no exageraba. Descubrí a Trenet un verano que pasé en el campo gracias a un amigo que se crió en París: al atardecer ponía un CD de Trenet, o de Jean Gabin, se plantaba un flexible en la cabeza y bailábamos el uno en brazos del otro alegres y despreocupados. Desde el primer instante, me cautivaron el puro surrealismo de las letras de sus canciones y el bajo continuo de joie de vivre que resuena en todas ellas, ya sean en tono menor o mayor.

En este vídeo se puede ver una secuencia de Romance de Paris, una de las pocas películas en las que intervino Trenet y gracias a la que podemos verlo en plena acción. La película es un musical que se rodó en la Francia ocupada (el origen judío de Trenet no le facilitó precisamente la vida en esos años) y que tuvo mucho éxito. La chansonette que canta en la secuencia es la que da título a la película, La romance de Paris, y con ella Trenet convierte un lugar común, con sus vingt ans, sus printemps y sus faubourgs, en un obstinado canto a la felicidad. Delgaducho y fibroso, no me quiero quedar con las ganas de destacar un detalle frívolo: el look demi sport, demi canaille de Charles Trenet en este corte de la película es, sencillamente, sensacional. Longtemps, longtemps, longtemps après que les poètes ont disparu…

La invención de la femme fatale

Toda la secuencia final de Dishonored, de Josef von Sternberg, es de un exagerado que atufa: ¿qué pinta un gato persa negro y perfecto en la celda de una condenada a muerte? Y ¿qué hace la condenada en esa misma celda tocando el piano a todo pedal? Además, ese despilfarro en pieles y plumas del vestuario de la mujer que espera en capilla, una Marlene Dietrich más amanerada que Manolita Chen… Pero parece ser que sí hay detalles en esta película de 1931 que están inspirados en la entereza que mostró Mata Hari cuando se enfrentó a su pelotón de fusilamiento en octubre de 1917 en París.

Se cuenta que Mata Hari durmió como un tronco la noche anterior a su ejecución, se puso medias de seda negras y zapatos de tacón el día de autos y no se quiso vendar los ojos. Aunque, desde luego, lo que no hizo fue enjugar las lágrimas al oficial con la venda que le ofrecía, ni pintarse los labios aprovechando un momento de confusión entre la docena de zuavos encargados de disparar, ni mucho menos enseñar la liga al respetable para guardarse la barra de rouge. Un testigo de la ejecución contó que Mata Hari no se desplomó de golpe al recibir las balas en su pecho. Sus rodillas se doblaron y mantuvo aún unos segundos la cabeza alta, mirando de frente a sus ejecutores, hasta que cayó finalmente y muy despacio con el rostro apuntando hacia el cielo. A continuación un suboficial la remató de un tiro en la sien izquierda. La imagen prototípica de la mujer fatal, esa capaz de llevar a la ruina al hombre más pintado, incluirá quizá desde entonces esos rasgos de impasibilidad ante la muerte, que, quién sabe…, a lo mejor no es más que un señor fácil de conquistar.