It’s strange what love does

Aunque lo que voy a decir parezca una boutade, ver una película de David Lynch me devuelve a la vida. Anoche vi en Filmin Inland Empire, y a medida que pasaban las tres horas que dura me iban entrando más y más ganas de hacer cosas. De salir de copas, de cantar en la calle, de cambiarme el color del pelo, de tener una aventura. Lynch rompe la monotonía de nuestra existencia y nos inyecta ilusión en vena, igual que a ese grupo de chicas que parecen vivir encerradas esperando a Godot y que, de repente, se ponen a bailar The Locomotion como si fueran las reinas de la pista de baile en una discoteca de pueblo.

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La inquietud glam y el extrañamiento chic de Lynch transmiten emociones de alto voltaje, que perduran. Eso es, como mínimo, lo que el cine de verdad debería provocarnos, una premisa que ya rara vez cumple. Decía un cantautor bastante plasta: “Yo quiero ser una chica Almodóvar…”. Pffffffff. Yo lo que quiero ser es una chica Lynch, dónde va a parar.

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