La invención de la femme fatale

Toda la secuencia final de Dishonored, de Josef von Sternberg, es de un exagerado que atufa: ¿qué pinta un gato persa negro y perfecto en la celda de una condenada a muerte? Y ¿qué hace la condenada en esa misma celda tocando el piano a todo pedal? Además, ese despilfarro en pieles y plumas del vestuario de la mujer que espera en capilla, una Marlene Dietrich más amanerada que Manolita Chen… Pero parece ser que sí hay detalles en esta película de 1931 que están inspirados en la entereza que mostró Mata Hari cuando se enfrentó a su pelotón de fusilamiento en octubre de 1917 en París.

Se cuenta que Mata Hari durmió como un tronco la noche anterior a su ejecución, se puso medias de seda negras y zapatos de tacón el día de autos y no se quiso vendar los ojos. Aunque, desde luego, lo que no hizo fue enjugar las lágrimas al oficial con la venda que le ofrecía, ni pintarse los labios aprovechando un momento de confusión entre la docena de zuavos encargados de disparar, ni mucho menos enseñar la liga al respetable para guardarse la barra de rouge. Un testigo de la ejecución contó que Mata Hari no se desplomó de golpe al recibir las balas en su pecho. Sus rodillas se doblaron y mantuvo aún unos segundos la cabeza alta, mirando de frente a sus ejecutores, hasta que cayó finalmente y muy despacio con el rostro apuntando hacia el cielo. A continuación un suboficial la remató de un tiro en la sien izquierda. La imagen prototípica de la mujer fatal, esa capaz de llevar a la ruina al hombre más pintado, incluirá quizá desde entonces esos rasgos de impasibilidad ante la muerte, que, quién sabe…, a lo mejor no es más que un señor fácil de conquistar.

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5 comentarios en “La invención de la femme fatale

  1. Quizás muchas veces sea mejor el recuerdo de lo que nunca sucedió. Por lo menos en el cine, muchas veces las licencias son obligación. En cuanto al personaje, digamos que muchas dicen que ya no quedan hombres, tampoco mujeres por las que perderse…saludos

    • Ay, Plared, si a mí me condenasen a muerte ten por seguro que me llevaría a mi gato a la celda, y jamás permitiría que me fusilasen o me diesen garrote sin llevar los labios pintados, los tacones y la costura de las medias en su sitio… M. Dietrich me fascina desde que tengo recuerdos, pero a veces está bien polemizar un poquito… Otro día hablaré del milagro Dietrich, que en esta película tenía 31 años y esa cara aún sin definir de niña. El rostro de la Dietrich mítico es el de las películas de finales de los cuarenta y aún después, cuando esta mujer tenía 50 castañas… Y no hacía papeles de suegra ni de mamá, precisamente, que es a lo que condena Hollywood hoy a las actrices que han cumplido los 40 y quieren seguir trabajando. Besos.

    • O la leyenda termina por modelar la realidad, porque gracias a esta película ya sé lo que tendría que hacer si se diese el caso de que me condenasen a muerte: me llevaría a mi gato a la celda, y los labios pintados, los tacones y la costura de las medias en su sitio cuando me ajusticiasen… Besos.

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